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Muchísimo
antes de la aparición del hombre
sobre la Tierra, las abejas ya poblaban
nuestro planeta. Los
arqueólogos moleculares han sido
capaces de conseguir recientemente alguna
de las muestras de ADN más antiguas
conocidas, a partir de restos fosilizados
de abejas, con más de 40 millones
de años de antigüedad.
Las
abejas constituyen un gran grupo de insectos,
ampliamente distribuidos, miembros de la
familia Apoidea (orden Himenopteros), de
los que se han descrito más de 12.000
especies, distribuidas en 6 familias. Una
de ellas es la Apidae, a cuya subfamilia
Apinae, la de las abejas sociales, pertenecen
las abejas melíferas o productoras
de miel. En una colmena normal viven unas
50.000 abejas. Un gran número de
ellas son obreras, proveedoras o recolectoras,
que se desplazan alrededor de su morada,
por un área geográfica que
puede superar los 7 kilómetros cuadrados,
recolectando néctar y polen de flores
como alimentos, agua para el enfriamiento
evaporativo de la colmena y resina para
sostener su estructura. La utilidad de las
abejas melíferas es enorme para la
Humanidad, no ya por el valor económico
de sus producciones, sino por la valiosísima
e incalculable aportación que hacen
en los procesos de polinización de
todas las cosechas vegetales, sin cuyo concurso,
sus costos, con polinización artificial,
se verían disparados o sus rendimientos
arruinados.
LA
COMUNICACIÓN. Por ello no es de extrañar
que la vida y costumbres de las abejas melíferas
hayan sido objeto de la curiosidad humana.
Unos 350 años antes de Cristo el
gran Aristóteles fue capaz de observar
como la abeja recolectora que descubría
una nueva fuente de alimento regresaba al
panal y podía reclutar a un buen
número de sus compañeras que
quedaban capacitadas para la localización
precisa del lugar alimenticio. Al igual
que otros muchos naturalistas quedaría
intrigado con la especie de danza alegre
que ejecutaba la abeja proveedora al regreso
al nido para el aparente disfrute de sus
congéneres. Unos 400 años
después se cuenta que el sabio romano
Plinio el Viejo, autor de una magna Historia
Natural, compuesta de 37 tomos, fue tan
hábil como para construir una colmena
que tenía una ventana hecha de un
material transparente basado en cuerno,
a través de la cual pudo asombrarse
con las danzas de las abejas.
¿Cómo
puede comunicar una abeja a sus compañeras
el lugar exacto de una apetitosa nueva fuente
de alimento?. O lo que es lo mismo, a partir
del lugar en qué está situada
una colmena ¿cómo indica el
ángulo o dirección hacia el
que deben dirigirse, así como la
distancia que han de recorrer?. Evidentemente
que con estos dos solos parámetros
sería suficiente para conseguir la
ubicación, pero no se nos pueden
escapar dos dificultades adicionales: en
el interior de la colmena reina la oscuridad,
por lo que las abejas no pueden ver y, por
otra parte, estos insectos carecen de un
sentido típico del oído. Entonces,
¿cómo conversan, cómo
se comunican entre sí las abejas?.
LA
DANZA. El misterio comenzó a aclararse
hace unos 50 años pero se ha desentrañado
muy recientemente. En los años cuarenta,
Karl von Frisch, de la Universidad de Munich,
comprobó que
había una correlación definida
entre los pasos y contoneos del baile de
una abeja en la colmena y la dirección
y distancia existente entre el nido y la
nueva fuente de recursos. Durante 20 años
se pensó que, de algún modo,
en la visualización de esa danza
silenciosa era donde radicaban las claves
al respecto. Pero ¿cómo veían?.
Como alternativa se sugirió un papel
primordial en la participación de
los olores asociados a las muestras alimenticias
que la abeja recolectora repartía
al final de su actuación entre las
abejas espectadoras. En todo caso quedó
establecido, al cabo del tiempo, que la
danza se realizaba en un plano vertical,
sobre y entre las láminas verticales
de los paneles de la colmena, con la descripción
de un recorrido en forma de ocho. En ese
ocho podemos imaginar un eje que siguiera
la dirección y sentido de la unión
entre los dos bucles constituyentes del
ocho, de modo que cada bucle quede simétricamente
dispuesto respecto a ese eje. En el transcurso
de la danza, siguiendo el ocho imaginario,
la abeja danzante se contonea cuando recorre
el eje. Pues bien, tomando como referencia
la posición de la colmena y del Sol,
la dirección y el sentido del eje
indica precisamente hacia dónde deben
dirigirse las abejas, de modo que si, por
ejemplo, es en dirección hacia el
Sol (ángulo 0º) el eje será
vertical y hacia arriba y sobre el mismo
se contoneará la abeja; si el alimento
estuviese, tomando esas mismas referencias,
en una dirección situada a 45º
a la derecha del Sol, entonces el eje del
baile contoneante también estaría
desviado del vertical 45º a la derecha,
y así sucesivamente. ¿Y cómo
se evalúa la distancia?. En función
del ritmo del baile, de modo que a un ritmo
más acelerado le corresponde una
menor distancia.
LA
VISUALIZACIÓN. Hace pocos años
también se resolvió el problema
de la visualización del baile en
la oscuridad. El baile contoneante no era
silencioso, sino que la abeja danzante al
batir sus alas hace que el aire se mueva,
emitiendo unos sonidos débiles, entre
250 a 300 hertz, que se desplazan exclusivamente
por el aire y a corta distancia. Por tanto,
el eje del baile contoneante no es visto
sino oído por las abejas espectadoras,
a través de los hace poco tiempo
descubiertos órganos de Johnston,
unas estructuras bilaterales (sonido estereofónico)
neuronales situadas en el segundo artejo
de las antenas del insecto, de modo parecido
a como perciben ciertos sonidos transmitidos
por el aire algunas moscas y mosquitos.
Las abejas espectadoras, al darse por enteradas,
presionan su tórax, golpeando el
panal, haciéndolo vibrar y esta es
la señal para que la abeja recolectora
reparta a sus vecinas pequeñas porciones
del manjar recogido.
Lo
más interesante es que los investigadores
de la Universidad de Odense han sido capaces
de construir
una abeja recolectora artificial, con latón
recubierto de cera de abejas, dotado con
alas vibrantes, dispensador de disolución
de azúcar, perfumado, etcétera.,
y perfectamente controlado por un ordenador,
con capacidad de simular multitud de diferentes
circunstancias experimentales. Los resultados
obtenidos en varias temporadas de estudio
han confirmado todo lo anteriormente expuesto,
la irrelevancia de los olores al respecto,
así como multitud de nuevos detalles.
Uno de ellos, la capacidad de aprendizaje
de las abejas, usando un laberinto con varias
salidas en las que, aleatoriamente, en una
de ellas se simula un sonido y si la abeja
se dirige hacia allí se le recompensa
con un poco de agua azucarada. Al poco tiempo
las abejas han aprendido a dirigirse siempre
a la salida correcta. Entre las investigaciones
en marcha algunas se dedican a explorar
si existen posibilidades de conversación
entre las abejas, más ricas que las
hasta ahora conocidas, ya que, por ejemplo,
se ha comprobado su capacidad de discriminación
entre sonidos con tonos distintos. En todo
caso este lenguaje parece ser exclusivo
de las especies de abejas melíferas
que evolutivamente se han adaptado a habitáculos
oscuros como los panales.
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